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La librería

Hay palabras que se llenan de significado más allá de su verdadero contenido semántico, que se expanden en el cerebro o se inflan tanto que a veces vuelan. Una de ellas es librería. Decir yo tengo una librería suena precioso. Es una frase tan bonita que también conjuga de una manera muy estética en pasado. Me imagino de viejecita -o pasado mañana- diciendo "yo tenía una librería" como si fuera Meryl Streep recordando su granja en África. La que en realidad tenía una granja en Nairobi era Karen Blixen, un espacio que su memoria reconstruyó como un lugar mítico, un paraíso en el que se quedó para siempre, a pesar de que cuando el sueño colonial se vino abajo regresó a Dinamarca y vivió un buen montón de años escribiendo, haciendo arreglos florales, comiendo ostras y champán y recordando a su amor africano que, por supuesto, era tan blanco como ella, aunque no tan guapo como Robert Redford, porque eso es biológicamente imposible. Cuenta Dominique de SaintPern en la biografía de la escritora que publicó Circe que ese romance estaba ya dando sus últimos coletazos, viviendo ese momento en que el amor en lugar de quemar como el fuego tizna como el carbón (Vasili Grossman dixit) y que la muerte prematura de Denys Finch en accidente de avión le permitió recrearlo para siempre hasta convertirlo en eterno en su cabeza y de paso en la nuestra.

Las librerías son como esos amores muy apasionados o como jarrones chinos, parecen siempre a punto de romperse. A veces tienes la sensación de que en el momento menos pensado se te clavarán en el corazón un montón de sus pedacitos que han volado por los aires o se han desmoronado por la fuerza de los nuevos tiempos o porque, simplemente, te han podido más las ganas de largarte a plantar tulipanes o a contemplar el color del mar cada mañana en un pueblo pequeño con campanario y vistas al Atlántico, que las de luchar contra la corriente. Pero las librerías, orgullosas de su fragilidad y belleza, arrastran sus propias y potentes mareas empujados por algunos seres extraños y adorables que tienen la costumbre de visitarlas y el afán de que sigan dibujadas en las calles de sus ciudades.

Yo soy demasiado indolente para llamarme librera, pero tengo una librería. Es tan bonita como una historia de amor en África.

La librería
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