Opinión

Palabras malditas

El otro día hablábamos en la librería con Miguel Conde Lobato sobre Estela, la ciudad ficticia que creó para que en ella pasearan sus personajes. Yo, pensando siempre en los dineros, le dije que habría hecho mejor usando una ciudad real, quizás esa A Coruña donde vive, para captar el interés de sus lectores, siempre ávidos de escenarios conocidos por los que seguir el itinerario de la ficción. Él, que además de escritor es el publicista de los anuncios de supermercado más famosos de la historia, me dijo que prefirió crear un espacio a la medida, uno que resultara una mezcla de varios, que tuviera mar y acantilados, que fuera más pequeño que la ciudad de la Torre y que estuviera siempre envuelto en niebla.

En el espacio imaginado de Palabras malditas, aparecen varios cadáveres con tatuajes en la frente que los definen insultantemente y cierta psicosis recorre la población. Los estudios de tatuaje, que son parte del nuevo diseño de nuestras calles, son objeto de ataques y todo el mundo que tiene dibujos de tinta bajo su epidermis, intenta esconder su piel para no resultar sospechoso. No salen muy bien parados, nos dijo, y no quise que se sintieran mal mis vecinos. Real o no, en Estela trabajan las dos policías protagonistas, amigas y compañeras de comisaría que investigan los crímenes. Como en todas las novelas policíacas, el entretenimiento lo alcanzamos siguiendo las huellas que el autor nos deja y, mientras tanto, él va hablando de otras cosas que le interesan, el estigma social, imborrable como los propios tatuajes, la hipocresía, el narcisismo y el culto al cuerpo que quizás existió siempre, pero ahora está espoleado por las redes sociales que funcionan como amplificadores de nuestra superficialidad y miseria. Me gusta cuando uno de sus personajes reflexiona que en esta sociedad todas las diversidades son posibles y defendidas excepto la gordura. No se detiene en ello, ninguna reflexión puede detener la acción, ese es el secreto de un thriller que ambiciona llegar a muchísimos lectores, pero yo, además de pasar páginas siguiendo a Edén, la protagonista carismática, alta y robusta, pienso en nuestra gordofobia. Las anoréxicas nos dan pena, las gordas vergüenza. Nuestra sociedad es una gran novela negra y quizás por eso nos gustan tanto, porque es una forma de mirarnos en un espejo deformado.

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