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El derecho a morir

SIENDO NIÑO, me aterrorizaba la muerte. Algunas noches no lograba conciliar el sueño pensando en qué pasaría cuando mis padres o mis hermanos se muriesen y en qué habría más allá. Mi madre me acogía en su cama y me consolaba, pero no me ocultaba la verdad: «En algún momento la muerte nos llegará a todos, ya que es una parte inherente a nuestra existencia». Con el paso de los años vamos asumiendo esta máxima, porque es cierta (¡claro!) y por las hostias que va dando la vida cuando enterramos a nuestros seres más amados. No sabemos ni cuándo ni cómo nos vamos a morir, aunque algunas personas deciden acabar prematuramente con el único legado que realmente les pertenece: la propia vida. Son los suicidas. Cada uno tendrá sus motivos, y el resto del mundo no es quién para juzgarlos. Pero, a veces, alguien desea acabar con su vida y no puede. No puede porque su cuerpo ya no le responde por el efecto de la enfermedad, del sufrimiento, del dolor... ¿Habría que ayudarles a cumplir su último deseo? Este es el dilema. Tienen derecho a morir, no me cabe duda. Hagámoslo posible con todas las garantías legales y sanitarias, tanto para el que se va como para el que se queda. Por ahí pasaremos todos, no sabemos cuándo, no sabemos cómo.

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