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El animal lingüístico

Seguramente la definición más extendida del homo sapiens sea la que lo califica como "el animal racional". Esta fórmula ganó fortuna desde la antigüedad a partir de lo expuesto por Aristóteles en el libro primero de su Política: "El ser humano (anthropos) es el único de los animales que posee lógos", término griego este que se puede traducir tanto por "razón" como por "lenguaje". Que se refiere sobre todo a este último lo indica el hecho de que, justo a continuación, el gran filósofo distingue el habla humana respecto de los sistemas de comunicación animal, señalando que aquella -es decir, nuestra capacidad lingüística- no se limita a la mera voz o sonido indicativo de dolor o placer, sino que también expresa valores e ideas como las de lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, etc. Es decir, conceptos que son la base del razonamiento y también de la actividad política, asimismo propia de nuestra especie. De hecho para Aristóteles somos por naturaleza políticos por ser dueños de ese lenguaje racional (lógos) con el que podemos entendernos y convivir.

De modo que, en otra interpretación, la mencionada frase aristotélica puede dar pie a una renovada definición del ser humano como "el animal lingüístico", con la ventaja de ser más amplia que la anterior pues el lenguaje sirve no solo para emitir enunciados lógicos, sino también para expresar y comunicar sentimientos como, por ejemplo, el amor o la nostalgia. La razón y la emoción van de la mano en el ser humano, como han mostrado no pocos autores e investigadores, desde Rof Carballo a Antonio Damasio entre otros. Unamuno incluso se preguntaba por qué no se habría definido a nuestra especie como el "animal afectivo o sentimental" más bien que racional. Es obvio que la poesía y la literatura en su conjunto constituyen decantaciones en la escritura del entrelazamiento de la razón con el sentimiento que se patentiza a diario en el lenguaje coloquial.

Y es que los humanos ciertamente "no paramos de hablar": si no tenemos con quien, lo hacemos en nuestro fuero interno, y en esto consiste básicamente pensar, un "diálogo consigo mismo" como indicó Platón. Solo que a veces las ideas que alojamos en nuestro interior -sobre todo cuando operan como juicios previos o prejuicios- pueden distorsionar nuestro conocimiento de la realidad. Cuando así ocurre, la ideología nubla la percepción de los hechos y nos lleva a distanciarnos unos de otros. Para evitarlo es preciso mantener la mente abierta, observar con atención y sin clisés lo que hay a nuestro alrededor y contrastar experiencias y opiniones a través - cómo no- de ese mismo lenguaje que nos define como humanos.

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