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La mascarilla es bella

EN LOS momentos en que escribo la pandemia de la Covid-19 se ha cobrado ya más de 505.000 vidas humanas en el mundo, con más de diez millones de infectados. En España, hay ahora 51 brotes activos repartidos por todo el país, y preocupan especialmente los de Huesca y Lleida por el creciente número de casos y la expansión del virus. Se empieza a hablar de nuevo de confinamiento, aunque se matiza que este sería en un principio parcial y limitado (como el que ya se ha producido en el Reino Unido, concretamente en la ciudad de Leicester, puesta en cuarentena). Sin embargo, hasta la vicepresidenta del Gobierno, quien superó— no sin dificultades— la enfermedad, ha mencionado la posibilidad de regresar al estado de alarma si fuera preciso. 
Ante esta situación de riesgo e incertidumbre, hay quienes no se dan por enterados y hacen caso omiso de las medidas preventivas. De modo especial, muchos adolescentes se dejan ver sin mascarilla en espacios públicos, juntándose entre ellos en grupos numerosos en los que ni por asomo se respeta la distancia mínima de un metro y medio entre unos y otros. 
Es propio de la adolescencia el amor al riesgo, el desafío a la autoridad y la transgresión de las normas; pero, en este caso, tales actitudes pueden resultar para algunos literalmente letales: confiados en la fortaleza física y la resistencia a la enfermedad que su misma juventud les ofrece, no parecen darse cuenta de que pueden convertirse en agentes transmisores de un virus capaz de dañar e incluso matar a sus mayores, padres o abuelos. Apremiados por la inmediatez de la diversión (roce incluido), se saltan todas las precauciones necesarias: el distanciamiento mínimo, la evitación de aglomeraciones y la mascarilla. 
Esta última seguramente les parece un estorbo molesto que además les afea; estando en la ‘edad del pavo’ quieren lucirse y mostrar sus encantos. Pero aparte de pedirles por una vez un pequeño sacrificio a favor de las personas de más edad, me gustaría poder decirles a todos que se equivocan: que la mascarilla, lejos de deformar el rostro, realza su belleza, resaltando el poder de la parte más noble de la cara: los ojos y la frente, y confiriendo a su usuario un toque enigmático que lo hace más interesante. Lejos de lo que creen, ellos y ellas, la mascarilla (que puede, por cierto, personalizarse a voluntad, incluso ‘tunearse’) es bella, o, si se prefiere expresarlo de un modo más juvenil, la mascarilla mola, y con ella es posible ligar mejor, pues además de lo ya dicho, ayuda a vencer la natural timidez. 
Pero, sobre todo, contribuye a frenar una epidemia que puede llevarse por delante la vida , la salud y el empleo de mucha gente, también de los propios jóvenes que se resisten a usarla, cuyas expectativas de futuro se verán mermadas si por seguir así acaban viéndose abocados, como todos los demás, a un nuevo e inevitable confinamiento.

La mascarilla es bella
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