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Cayeron las torres

No hay mayor de veinte años que no recuerde dónde estaba el 11 de septiembre del 2001 y qué hacía en el momento en que llegaron las imágenes en las que un avión se estrellaba contra una de las torres del World Trace Center de Nueva York. Inmediatamente después un nuevo avión se incrustaba contra la segunda torre, llegaban noticias de que un avión había destrozado la mitad del Pentágono y otro se dirigía hacia la Casa Blanca. Bush, en un coloquio con colegiales, fue conducido a un búnker donde permaneció hasta que se conoció el alcance del brutal atentado.

Es una fecha que no se olvida, una fecha que causó miles de víctimas ese día y muchas más en años sucesivos. Una fecha que cambió el mundo.

El terror con mayúsculas apareció en todo su espanto. Un sector importante de la sociedad mundial no hizo diferencias entre los buenos musulmanes y los terroristas que se sumaron a la yihad, su particular ‘guerra santa’, y se abrieron vías de confrontación que dieron alas a partidos xenófobos y racistas que consideraban a los árabes y musulmanes como promotores del mal.

Estados Unidos invadió Afganistán con ayuda de una alianza internacional de la que formó parte España aunque sin intervenir en operaciones militares; sin embargo la oposición atacó al Gobierno de Aznar por apoyar esa guerra que provocó tantas víctimas, muchas de ellas civiles. Bin Laden creó Al Qaeda, nombre maldito donde los haya. Sadam Hussein, presidente del único país laico de la zona, Irak, al igual que Bin Laden, fue perseguido, localizado y aniquilado. El mundo es mejor sin ellos, pero las consecuencias de su fanatismo, su satrapía, su perversidad, falta de escrúpulos y odio hacia Occidente todavía permanece en un sector de irredentos que siguen luchando para imponer su religión y, sobre todo, sus odios. Actúan incluso contra los musulmanes que no están de acuerdo con la imposición de su modelo de vida a través del terrorismo.

Aquel 11-S trajo los atentados de las Torres Gemelas pero también los de Atocha, Bataclan, Niza, Bruselas, Barcelona y Cambrils, Londres, Yakarta, Bali… No hay continente que se salve, no hay país que pueda respirar tranquilo. Todos han incrementado sus medios y sus medidas de seguridad. El 11-S ha provocado algo muy duro para los musulmanes pacíficos, que son la mayoría: el recelo ante su presencia, el cruce de aceras, el rechazo y la discriminación.

Al Qaeda está herida, pero no desarticulada. Continúa fuerte en el Sahel, y a través de internet, madrasas y mezquitas clandestinas sigue captando adeptos para su ejército islamista y a lobos solitarios que utilizan cualquier medio a su alcance para cometer salvajadas.

La retirada de Afganistán de forma irresponsable y precipitada —Joe Biden arrastrará ese baldón toda su vida— ha dado alas al yihadismo. Hay que andarse con cuidado, no bajar la guardia. Las secuelas del 11-S se mantienen.

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