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Constitución is the new sexy

A todos los actos de campaña se presenta Pablo Iglesias con un pequeño ejemplar de la Constitución en la mano, como si estuviese preparando oposiciones y aprovechara los ratos libres para repasar. Son pequeños detalles accesorios que envían mensajes potentísimos, muy en la línea de aquellas gafas sin graduar con las que apareció Cristiano Ronaldo un día para firmar la renovación de su contrato. "Cuidado, Florentino. Soy capaz de leérmelo entero aquí mismo", insinuaba el portugués con su outfit de cerebrito. Recorrer España con la Carta Magna en la mano y no en el bolsillo, como era tradición entre algunos de sus adversarios políticos, se me antoja una buena respuesta a quienes lo acusan de querer romper el marco constitucional para instaurar, acto seguido, una suerte de república bananera, comunista y yeyé.

Ausentes las mujeres por esas cosas que ustedes y yo sabemos aunque no las vamos a comentar, la batalla por la presidencia del Gobierno se presenta como una pelea de gallos a la que Iglesias acude con el pelo recogido y el libreto constitucional en la mano, convencido como está de que la izquierda necesita lucir atractiva —"leer is the new sexy"— frente a la derechita canalla. O frente a la derecha canallita, eso también daría para una larga discusión. A ese lado de la cama, Pablo Iglesias es el Muhammad Ali de la política patria: baila como una mariposa y pica como una avispa. Su partido se juega en un estadio moderno donde lucir poderoso no significa sacar pecho, ni siquiera combinar americana y yelmo de conquistador, que es como se presenta Abascal ante las masas. Por eso mismo, donde otros se anuncian como la tormenta, Iglesias se conforma con ser el viento. Y junto a él, claro, la brisa.

En Irene Montero ha encontrado Iglesias algo más que a una compañera con la que formar una familia, una Perón con muy poco de Evita, otro animal político con el que compartir la pesada carga del liderazgo mesiánico. De aquella pandilla que cantaba La Estaca y bebía a morro de una misma litrona, la que ilusionó a más de cinco millones de votantes, solo queda el recuerdo. Las luchas intestinas han dejado tras de sí un panorama en el que solo se divisa un matrimonio con hijos, una hipoteca y a Pablo Echenique. Quizás por eso se agarra Pablo al tacto suave de la Constitución. Porque como decía Gene Hackman en Marea roja: "Estamos aquí para defender la democracia, no para practicarla".

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