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Galería electoral del coleccionista

ASEGURAN LOS expertos que un debate se gana en los pequeños detalles, a menudo imperceptibles para los ojos del gran público. Se trata -grosso modo- de manipular nuestro cerebro para colar un mensaje subliminal concreto, muy en la línea de las grandes campañas de publicidad o esos estereogramas en los que no vemos más que puntos hasta que llegamos a casa y sentimos la imperiosa necesidad de adoptar un perro. "Lo que tú llamas amor fue inventado por tipos como yo para vender medias", decía Don Draper en uno de los capítulos más celebrados de Mad Men, una clara advertencia para quienes todavía nos asomamos al mundo con cierta candidez.

La política consiste en vender, básicamente, de ahí que los debates televisados se hayan convertido en una especie de Galería Electoral del Coleccionista, una plataforma inmejorable para crear necesidades y soluciones al potencial votante de cada formación. Si Paz Padilla intenta persuadirnos de que no podemos vivir ni un día más sin un colchón de matrimonio Natura, los candidatos a la presidencia del Gobierno pueden convencernos de casi cualquier cosa, tan solo tienen que ejecutar esa meticulosa performance de laboratorio suya y cuidarse de no meter la pata. Por eso me llama poderosamente la atención que, tras esta anomalía de debate a doble partido, de eliminatoria a ida y vuelta, se pueda pensar en el gran ausente como ganador moral de la contienda.

Seguramente era ese el gran temor de Pedro Sánchez, de ahí su empeño inicial por incluir a Santiago Abascal en el debate. A la extrema derecha se la combate desde la confrontación, arañando la débil masilla de la superficie, y Vox sale del último trance de campaña sin un solo rasguño, obsesionados Rivera y Casado en no pronunciar su nombre. Tanto ellos como sus respectivos equipos son conscientes de que no puede haber un gobierno de derechas sin los escaños del partido ultra, pero en Hogwarts está prohibido nombrar a Lord Voldemort: ya habrá tiempo para blanquearlo si las matemáticas así lo aconsejan. "Yo te ofrezco un pacto de gobierno entre partidos constitucionalistas", insiste el líder Ciudadanos al del Partido Popular. Y es precisamente ese concepto mágico, "constitucionalismo", el que Rivera y Casado han pretendido vendernos en ambos debates. Suena confortable, el precio parece asumible, a pagar en cómodos plazos, pero no existe derecho a la devolución cuando de pactar con el fascismo se trata. Ahí está la trampa, ese es el calcetín oculto tras tanto amor.

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