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Historias de la Rafaneta

Rafa Domínguez reparte bollería junto a la Rafaneta. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Rafa Domínguez reparte bollería junto a la Rafaneta. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

LA PROTAGONISTA indiscutible en estos primeros días de campaña está siendo la Rafaneta, un vehículo a caballo entre el Batmóvil y aquellas caravanas que la churrería Galiano solía instalar en los campos de fiesta parroquiales. Tanto es así, que hasta el dibujante Kiko da Silva ha decidido incluirla en el cómic de campaña del BNG, lo que no deja ninguna duda sobre el poder magnético y la efectividad propagandística de la food truck conservadora: frente al modelo de ciudad del alcalde Lores, el candidato Domínguez ha optado por la trashumancia y la jugada no parece estar saliéndole del todo mal.

"He soñado toda la noche con la Rafaneta", me confesaba una compañera del periódico el pasado domingo. Caminábamos por el centro de la ciudad, olfateando el ambiente, y lo dejó caer como si me estuviera revelando una infidelidad o una grave adicción. "Me llamo Sara, he soñado con la Rafaneta y necesito ayuda", parecía implorar su testimonio. Aquello tuvo algo de premonitorio pues al abandonar Michelena, camino de A Ferrería, nos encontramos a Rafa Domínguez con su nuevo juguete instalados en el centro de la plaza, repartiendo helados y cafés a todos los que se acercaban. "Vamos", le dije a mi socia. "Estas cosas es mejor afrontarlas que esconderlas".

En el interior de la camioneta descubrimos a José Benito Suárez despachando en compañía de una niña que, supuse, era la hija de alguien: siempre he tenido cierto olfato para estas cosas. Se imponía comentar qué tal había ido la mañana y en esas estaba Suárez, siempre amable con la prensa, cuando la niña se giró y, visiblemente enfadada, dijo: "Delante de mí no habléis en gallego, odio el gallego". Aquello produjo una desbandada general entre los voluntarios que rodeaban el vehículo, como cuando uno atraviesa una recua de palomas, y allí dejamos a José Benito con la niña, librando una nueva batalla entre los de la boina y el birrete.

Esa misma tarde, el furgón electoral apareció en los aledaños de Pasarón y algunos la tomaron con él de muy malas maneras. Del incidente me enteré gracias a un amigo que esperaba el inicio del partido en un bar cercano, como marca la tradición. "Han sido los antifascistas", me explicó sin reparar en la contradicción evidente de su afirmación. De un modo íntimo, me alegró saber que el ataque había sido perpetrado por los radicales de siempre y no por alguna niña españolista que confundió la Rafaneta con una galescola. Para ella, a poco que sus padres la eduquen en la tolerancia, todavía hay esperanza.

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