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Plurinacionalismo o no

Pablo Iglesias, durante un mitin. JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)
Pablo Iglesias, durante un mitin. JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)

PABLO IGLESIAS se mueve por el escenario como una estrella de la standup comedy, de la comedia en vivo, que diría un buen castellano. Va y viene de aquí para allá, con ese tono suyo de candidato gangsta que agarra el micrófono por la bola porque así lo exige la cultura de barrio, no porque sea más cómodo. “Para presumir hay que sufrir”, dice una máxima del mundo de la moda, y Pablo parece dispuesto a sacrificar cierto confort en aras de la modernidad, de esa imagen suya de político nuevo, de político armonizado con su tiempo. Uno no puede vestir ropa de Primark y plantarse ante su gente como si fuera Julio Iglesias, con el que comparte apellido y aura de lobo alfa. Todo lo demás es distinto, incluida la cadencia de unas palabras que van cayendo como bombas sobre un público desconcertado, que no sabe si aplaudir o hacer el moonwalk.

Consciente de que una gran parte del partido que le interesa se juega en Euskadi y Catalunya, donde la coalición que lidera ganó las elecciones de 2016, Iglesias (Pablo, no Julio) se plantó este domingo en Eibar para reclamar el voto de los desencantados con el socialismo y la izquierda abertzale. “Estos votantes saben que es fundamental que haya una fuerza en el Congreso que defienda la plurinacionalidad. Les pido que vuelvan a confiar en nosotros”, planteó dejándose llevar por ese flow natural de los que han escuchado mucho rap mientras estudiaban la carrera. Esa plurinacionalidad por la que aboga Unidas Podemos podría ser la única solución para un problema que cada día se enquista más: la colisión entre nacionalismos. Y contra el nacionalismo, precisamente, clamó Albert Rivera en Rentería, acosado por los intolerantes y aplaudido por militantes envueltos en banderas, una imagen exacta de lo que siempre ha sido Ciudadanos.

Porque el nacionalismo malo, que es como ese colesterol que tanto nos preocupa a los gordos, es siempre el del otro, nunca el propio, y contra él carga Rivera a la menor ocasión, convencido de que no hay mejor manera de atraer voto que agitar trapos frente a trapos. Ese empeño suyo está sirviendo, al menos, para poner el foco sobre la intransigencia en que viven muchos territorios de España o, al menos, una parte importante de sus habitantes. Porque si la contradicción nacionalista de Ciudadanos ofende a la vista, la de quienes se creen mejores demócratas por sabotear al contrincante daña algo mucho más importante: esa democracia que tanto dicen defender.

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