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Rivera que le veo

SOSPECHO QUE todavía estoy un tanto estupefacto tras asistir a la conversión de Pablo Iglesias en el mismísimo Ned Flanders, España entera lo está. Ya se sabe que de una campaña electoral puede uno esperar casi cualquier cosa pero semejante metamorfosis, esa transmutación suya de guerrillero urbano a catequista de puñitos apretados, no la vieron venir ni los más avezados centinelas. Cierto es –a toro pasado todas son certezas, lo sé– que el líder de Unidas Podemos venía dejando pistas de lo que podría estar tramando pero hasta ayer no las supimos ver y mucho menos interpretar: al primer debate se presentó en un utilitario, al segundo llegó en taxi; si llega a celebrarse un tercero, aparece Pablo sobre una borrica mientras un grupo de escolares le hacen pasillo blandiendo ramilletes de olivo y palmas de pascua.

"La gente que nos está viendo en sus casas se merece que podamos tener un debate sin insultarnos", se lamentó Iglesias tras un inicio bronco, subterráneo, de primero de mourinhismo. Lo hizo acompañando sus palabras con un movimiento clásico de brazos, subiendo y bajando los codos como si estuviera intentando echar a volar. Y puede que lo hiciera, ahora que lo pienso, porque a estas alturas de campaña ya debe sentirse una especie de Espíritu Santo y, por lo tanto, paloma. Pero no alzó el vuelo Pablo, apenas levitó. Se mantuvo firme, eso sí, en su empeño por afear la conducta de sus adversarios mientras Ana Pastor y Vicente Vallés se miraban de reojo, como preguntándose si sería conveniente dejarlo hacer mientras iban a por conguitos. No se atrevieron, seguramente por miedo a ganarse ellos también una severa reprimenda.

El más molesto con la actitud de Iglesias fue Albert Rivera, que llegaba al debate con su habitual catálogo de baratijas de bazar, dispuesto a decorar su atril como si fuera un piso de estudiantes, y los bolsillos cargados de piedras, con ganas de descabezar santos y romper alguna ventana. "¿Pero tú quién eres? ¿El árbitro?", le espetó visiblemente frustrado. No se amedrentó Iglesias, que para entonces ya transitaba ante las cámaras entregado a las labores didácticas más que a cualquier causa política. Lo vimos rebuscar entre sus papeles, seguramente con intención de ponerle un cero por mal comportamiento en la ficha de seguimiento o, en el colmo del academismo ochentero, redactar una nota para que la firmaran sus padres. "Las rocas metamórficas denominadas genéricamente cornubianitas Rivera que le veo…".

Rivera que le veo
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