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CUANDO SE habla de feminismo muchas veces nos encontramos con quienes defienden que lo contrario a lo establecido es siempre lo bueno. Eso no siempre es así. En muchos casos, la oposición pos-moderna al patriarcado no parte de la idea soberana de la libertad sino que cae en otra preconcebida le lo que esa libertad significa.

La esencia de la libertad deberíamos situarla en el anti-autoritarismo y, por ello, en el respeto a la voluntad de las decisiones individuales. La homosexualidad, la maternidad, el aborto, o la vida en pareja, son opciones individuales de cada cuál y lo deseable sería que fuesen tomadas por cada persona en libertad y sin rechazo ni presiones del entorno.

Estamos viviendo momentos de gran anomía, con falta de valores y asideros identitarios, tanto de modo individual como colectivo y cada cuál busca forjarse su propia identidad en un mundo fluctuante que ha dejado a los sujetos la tarea de definirse a sí mismos.

En el pasado, la existencia de valores fijos y marcados fueron referente para la gran mayoría en las generaciones pasadas. La parte más negativa era la marginación y el rechazo hacia aquellas personas que necesitaban, sentían o pensaban de forma diferente a los valores de referencia comúnmente aceptados.

Ningún extremo es bueno ni satisface a todos y por ello, la realidad y la convivencia armoniosa exige respeto con el modelo que cada quién elija libremente, dejando a los sujetos la tarea de definirse a sí mismos, eligiendo ésto o aquello, nos parezca moderno o antiguo. Esta consideración regirá también en el feminismo en cuanto a la configuración de la mujer.

Dice Lynn Segal que la corriente principal del feminismo no tiene hoy una agenda de la sexualidad y se pregunta cómo puede un movimiento que tuvo sus fuerza inicial y su inspiración en el radicalismo sexual de los 60, tener tan poco que decir acerca de la sexualidad, ni ofrecer un discurso alejado de las imágenes o prácticas sexuales de desigualdad y se intente educar contra el amor romántico y la dependencia pero no se haga nada para aprender o desaprender de la construcción generalizada del deseo y de las prácticas sexuales.

Si nos atenemos a las encuestas realizadas en los institutos, indican que mientras muchas cuestiones relativas al comportamiento superficial de género están cambiando, o se muestran inestables, en lo relativo a la sexualidad la igualdad está retrocediendo claramente y parece estar conformando un núcleo duro de diferenciación sexual.

Para Beatriz Gimeno es en el terreno del sexo dónde, en este momento, “se está refugiando una subjetividad patriarcal dura que se encuentra acosada en muchos ámbitos”. En su opinión, el crecimiento del uso de la pornografía machista y la prostitución por los chicos y hombres occidentales, tendría que ver con las conquistas feministas en lo social. En todo caso, habrá que preguntarse en serio qué papel ocupa la sexualidad en la opresión de las mujeres.

Nos encontramos en un terreno complejo dónde por una parte entra en juego lo simbólico y el peso que tiene en la cuestión de la identidad y el deseo. Por otra parte, en la cuestión de la igualdad está en juego un asunto de poder. Poder que regentaban los hombres y no es fácil de perder.

Estamos luchando por la igualdad pero debemos analizar qué ideas se están planteando sobre esa igualdad. La igualdad real entre hombres y mujeres no es algo abstracto que se plasme en leyes o se plantee en discursos políticos: ha de ser real o no será tal.

No faltan quienes opinan que la igualdad es imposible en una sociedad capitalista y patriarcal porque la imposición de roles de género nunca permitirán una emancipación plena, por más que la igualdad se vista de nuevos ropajes alternativos y discursos vacíos de poder. Hace falta mucha pedagogía de género y educación en la verdadera igualdad a hombres y mujeres para que las opciones de vida de cada cuál, respetando los límites colectivos, dejen de ser lastradas con la carga de la culpabilidad por su decisión con respecto a la maternidad y el amor.

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