Opinión

Los eslabones de la perversión

La violencia tiene distintos grados y, afortunadamente, no todos los hombres son violentos; muchos no lo son en absoluto y no solo eso, sino que son partícipes activos en la lucha feminista 

A veces el día nos sorprende soleado, con infinita y acariciante luz y una cálida temperatura propicia para atemperar el alma. Y una desea que esa calma y bienestar que siente se instaure en los demás también, que sea un día plácido para todos los seres vivos del planeta.

Pero de repente la realidad transforma ese día de luz en un día gris, esa realidad malvada y perversa que llena el mundo de dolor, amenazas y miedos, ataca por todas partes y desde distintos frentes. Los desastres provocados por los adversos fenómenos de la naturaleza afectan a las personas y al resto de los seres vivos de la naturaleza. La vileza de las agresiones y asesinatos, la violencia que la desigualdad impone a quienes están pasando hambre y frío, la que sufren quienes luchan por conservar sus derechos…y no hablo aquí de privilegios sino de los Derechos Humanos, los derechos básicos para una existencia digna.

Tal vez pesa en mis reflexiones el libro de Modesto Gayo Clase y política en España I. Estructura social y clase media en la democracia postransicional», presentado ayer en la entrañable Biblioteca de la EMAO en Vigo, y las reflexiones compartidas sobre las causas que subyacen detrás de los hechos y la necesidad de profundizar en ellas para entender tanto los hechos históricos como el comportamiento humano en cualquier lugar del mundo, momento y situación. Porque la mano del hombre está detrás de todo lo que acontece.

Si las noticias del día en que escribo estas reflexiones recogen titulares relacionados con el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer, instituido como tal el 25 de noviembre, conforme lo designó la Asamblea General de Naciones Unidas el 17 de diciembre de 1999; aunque los orígenes de la conmemoración ya se remonten a 1981 cuando el movimiento feminista latinoamericano protestó contra la violencia de género ejercida contra las hermanas Mirabal, (Patria, Minerva y María), cada año el movimiento feminista moviliza y convoca actividades de concienciación con el fin de erradicar una lacra que persiste con tesón.

En España el entorno de más de la mitad de las mujeres asesinadas conocía los malos tratos pero no avisó a las autoridades. Incluso en un alto porcentaje de casos, cuando el entorno familiar conocía los malos tratos, instaba a la víctima al silencio en lugar de apoyarla para poner fin a la situación. Y existen datos registrados al respecto que confirman la existencia de este tipo de actitudes familiares, pero también de actitudes vecinales y del entorno de trabajo de la víctima, que muchas veces miran para otro lado. Entonces, ¿por qué el entorno opta por no meterse cuando las detecta, o ni siquiera las percibe? ¿Estamos normalizando esa violencia machista? Y si es así, ¿por qué?

La violencia es una perversión que no se puede aceptar ni normalizar. Y esto me hace ir más allá en cuanto a la pregunta sobre dónde o como se gesta ese arraigo.

Ya sabemos que las ventajas y privilegios de dominación y poder, (entre otras muchas), que el patriarcado permite a los hombres se perpetúan a costa de mantener a las mujeres sin parte de sus derechos y sometidas a servidumbres; estas circunstancias que operan con notables diferencias entre distintos países, continúan siendo un muro difícil de derribar en el camino hacia la igualdad. Pero aún así, la violencia de género existe de alguna forma en sus múltiples facetas y conlleva malos tratos e incluso asesinatos en todos los países que se consideran "civilizados". ¿Y por qué la violencia?, me pregunto una y otra vez.

La violencia tiene distintos grados y, afortunadamente, no todos los hombres son violentos; muchos no lo son en absoluto y no solo eso, sino que son partícipes activos en la lucha feminista por la igualdad. Pero hay violencias de las que en alguna medida somos responsables todas las personas; o cuando menos, somos responsables por la falta de sensibilidad para detectarlas y de esfuerzo para combatirlas.

Son violencias más o menos sutiles que a fuerza de presenciarlas, o incluso practicarlas, sin nadie que nos azuzara en la conciencia, y sobre todo porque en principio no nos afectan de forma explícita y directa, podríamos mostrar con respecto a ellas cierta ceguera o incluso verlas con normalidad.

Si comenzamos comportándonos con ceguera o tolerancia ante aquellas violencias que no nos agreden directamente, las normalizamos con facilidad. Pero esa pudiera ser la premisa sobre la que la falta de sensibilidad y la escalada de gravedad en la violencia van subiendo peldaños.

Tendiendo la mirada al entorno, y sin necesidad de salirnos del contexto de las noticias inquietantes que pueden nublar un hermoso día de sol, comentaré dos ejemplos que me hicieron estremecer esta mañana y preguntarme dónde y cómo se puede estar gestando violencia en esta sociedad hasta aturdir la sensibilidad primero y aumentar la escalada después hasta alcanzarnos de la peor manera.

El primero fue un reportaje titulado Granjas de sangre. Ya sé que me pueden decir que voy a hablar de maltrato animal y que eso, en el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer, puede que no venga a cuento. Pero les recuerdo que pudiera tener que ver con cómo vamos normalizando comportamientos que conllevan grados de violencia que nos insensibilicen e incluso preparen para violencias más graves; o dicho de otro modo, para que esas violencias sobre los animales que parecen no concernirnos, terminen dañándonos directamente, porque cuando se pierde la perspectiva correcta, todo puede valer.

En el caso concreto se trata de una industria que explota yeguas preñadas para extraerles una hormona que se utiliza para aumentar la producción de cerdos produciendo un adelanto en el celo de las madres. El beneficio económico es cuantioso pero el método es criminal por el trato que dan a las yeguas y el sufrimiento que les supone la extracción de los 5 litros de sangre del cuello a la semana. Como la hormona está poco tiempo presente en la sangre de la yegua, terminan extrayendo el feto directamente con la mano para vaciarle el útero y vuelta a la reproducción cuanto antes. La hormona PMSG, muy codiciada en la industria farmacéutica, se produce en granjas de Argentina, Uruguay e Islandia.

El segundo ejemplo está documentado en España y trata del maltrato a los animales cuando los llevan al matadero, previo a su sacrificio e incluso en el mismo, y del engorde forzado de los pollos, de tal modo que en 40 días pesan 2,6 kl. lo que equivaldría a que un bebé de dos meses pesara 300 kl.

Nos podemos preguntar, egoístamente, en cómo puede perjudicar nuestra salud el consumo de esos pollos y olvidarnos del resto porque no los sufrimos nosotros. Pero, ¿estamos seguros de que todo se reduce a eso?

La insensibidad frente al sufrimiento de otros seres vivos, sean humanos o animales, y el ejercicio de ese sufrimiento innecesariamente provocado en ellos, ¿seguro que no es una perversión? ¿Seguro que no contribuye a subir peldaños en lo que a otras formas de violencia se refiere?... 

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