Opinión

La era atómica

La era atómica, marcada por el uso del armamento nuclear, comenzó con las bombas nucleares lanzadas por el ejército de los EE UU sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, compuestas únicamente por población civil ya que el ejército japonés estaba luchando en el frente. 

La orden del bombardeo atómico partió del entonces recién nombrado presidente de los EE UU, Harry Truman, que como afirma Matías Bauso no conocía la existencia de tal arma de capacidad de destrucción inédita hasta pocos meses antes cuando, tras la muerte de Franklin Roosevelt, asumió la presidencia del país. 

El pasado día 9 de agosto se celebró el 77 aniversario del lanzamiento de las dos bombas atómicas, conmemoración que se viene llevando a cabo en distintas ciudades del mundo como denuncia de una masacre civil impune y como acto de concienciación para que el uso de armas atómicas jamás se repita. En Vigo la conmemoración tuvo lugar en el Paseo de Alfonso, junto a la Oliveira símbolo de la ciudad, y estuvo organizada por el Comité Anti-Otan de Vigo. 

Para quienes se pregunten por qué se eligió como fecha el día 9 de agosto –bombardeo de Nagasaki- y no el 6 –bombardeo de Hiroshima-, aunque Nagasaki tuviese menos muertos, conviene aclarar que pesó en la elección el hecho de que el día 9 se considera de mayor delito puesto que ya se conocían las terribles consecuencias causadas por la primera bomba lanzada tres días antes y sabían perfectamente el resultado de lo que iban a perpetrar. 

El día 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el coronel Paul Tibbets que pilotaba el avión que había bautizado el día anterior con el nombre de su madre Enola Gai sobrevolando Hiroshima, soltó sobre la ciudad la bomba atómica de uranio 235 que habían apodado Little Boy. El resultado fueron 140.000 muertos en cuestión de segundos y la ciudad entera reducida a cenizas. Ni siquiera quedaron los cuerpos calcinados, solo cenizas. La cifra de los muertos en esos primeros instantes se eleva a 170.000 según los registros de residentes que poco tiempo antes del bombardeo se habían efectuado en el padrón de la ciudad. El Enola Gai se alejó a toda velocidad y 48” después los cimbronazos de la explosión sacudieron el avión y el copiloto Robert Lewis dijo “Dios mío, ¿Qué hicimos?” al ver que la ciudad había desaparecido. 

Atrás quedaba una ciudad destruida y su población asesinada en una muerte instantánea. De aquel bombardeo solo quedaron en pie, como testigos mudos, los esqueletos de dos edificios y un árbol. Fue el final de una era. 

Conociendo los devastadores efectos de la primera bomba, tres días después, el avión pilotado por Charles W. Sweeney, destruyó Nagasaki causando 70.000 muertos instantáneos con la bomba de Plutonio 239 apodada Fat Man. Aunque el objetivo inicial era Kokura, dadas las condiciones atmosféricas, Claude Eatherly que pilotaba el avión Straight Flush e hizo el reconocimiento previo a ambos bombardeos, sugirió el cambio debido a las nubes. 

Si bien ambos pilotos responsables de disparar las bombas vivieron plácidamente y adornados de múltiples condecoraciones y reconocimientos y nunca mostraron arrepentimiento o sentimiento de culpa por lo ocurrido, no se puede decir lo mismo de Claude Eatherly que pilotó el avión de reconocimiento previo del territorio en ambos casos. Eatherly, sufrió los efectos psicológicos de lo ocurrido y padeció varias hospitalizaciones e incluso tuvo intentos de suicidio y se convirtió en activista en contra de las armas atómicas. Estos hechos, sobre todo sus declaraciones y activismo en contra del armamento nuclear le valieron la baja en el ejército, el ostracismo y olvido social e incluso la descalificación institucional. 

Las bombas nucleares que arrasaron Hiroshima y Nagasaki son fruto del proyecto de investigación Manhattan, llevado a cabo durante la Segunda Guerra Mundial por los EE UU, Reino Unido y Canadá, liderado por ingenieros del Ejército de los EE UU y dirigido por Robert Oppenheimer. 

Actualmente, el desarrollo de armas nucleares se ha extendido y ya son al menos ocho los países que disponen de armamento nuclear; pero si se tiene en cuenta el desarrollo civil y su capacidad tecnológica en el ámbito nuclear y aeroespacial, podrían ser al menos veinte los que podrían fabricarlas, incluido el nuestro. 

La actual confrontación que los EE UU, (y de rebote la UE y la OTAN, ahora incluidas en el paquete), mantienen con Rusia y su materialización en la guerra de Ucrania, junto con las tensiones creadas en el Pacífico, llevadas por los EE UU a Taiwan en su provocación a China, nos deberían poner en guardia sobre los peligros reales que nos acechan y exigir el desarme nuclear y la solución de los conflictos por la vía diplomática, negociada y pacífica. 

La sociedad tiene la responsabilidad de exigir a sus gobernantes un giro en la política y en el modo de resolver los graves conflictos que nos acechan, de una parte por los estertores finales de la hegemonía de un imperialismo como el norteamericano, pues ya se sabe lo peligroso que vuelve el león herido, y de otra los riesgos provocados por el cambio climático y la escasez de recursos del planeta, cuestiones que traerán hambrunas y enfrentamientos y que si no reflexionamos todos sobre ellas y compartimos soluciones justas, darán lugar a luchas peligrosas y ocurrencias muy disparatadas. 

La radiación de las bombas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki, mataron a mucha más gente posteriormente. Muertes lentas y dolorosas a largo plazo. La radiactividad no se queda quietecita allí donde la sueltan. Te puede alcanzar a ti.

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