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La sociedad de la violencia

Es la violencia sutil la que nos contamina y mata; una violencia a penas perceptible siempre justificada en aras del progreso. ¿Del progreso para qué? ¿En beneficio de quién?

LEYENDO HAN KANG puede pensar en la existencia de una violencia sutil que invade al individuo hasta el punto de la despersonalización y el deseo de entregarse a la muerte; porque la violencia no es solo física, aunque puede terminar expresándose también en lo físico.

Llegado a ese punto, puede ejercerse de forma activa ejecutando el suicidio, o bien de manera pasiva simplemente dejándose morir. Otros hablan de la conducta suicida como forma de autodestrucción, refiriéndose al hecho de poner en riesgo continuo la vida, exponiéndose a peligros innecesarios que, a fuerza de repetirse, pueden terminar costándole la vida.

En la novela de Han Kang, La vegetariana, la protagonista trata de huir de toda violencia por la que se siente agredida. No quiere comer carne y se topa con la incomprensión de su familia y la brutal imposición a su resistencia, llegando a la agresión física para obligarla a comer. Ella no puede con la violencia del mundo infligida a la naturaleza, a los animales, a ella misma cuando trata de revelarse contra el sacrificio de los animales para comer su carne.

En este punto me recuerda a Dolors Alberola, poeta desmedida, rotunda y desmesurada —como la definió el crítico Juan Carlos Wilkins—, de cuyo poema Detalle espongiforme extraigo unos versos que podrían correlacionarse con la situación de la protagonista en la obra de Han Kang y con otros aspectos de nuestra sociedad: "Si las vacas hablaran, mostraran su cordura vacuamente. Nos dijeran que no, que ellas no están locas, que es el hombre –con su mugido de hombre, de plenipotenciario, con su costumbre nueva de ser Dios a ojos de una vaca—. Si las sagradas vacas de la India, esas redondas diosas de la India, las vestales de Delhi, las cornucopias flacas de Madrás, nos contaran las cosas de los hombres…" 

Este poema que habla del exterminio cruel de innumerables vacas para el consumo de su carne por el hombre, que no conforme con el regalo de la leche les exige también la vida para mayor disfrute y regocijo de la suya, hace alusión al mismo tiempo a la violencia de la codicia humana. Estabuladas, las obliga a alimentarse con desechos de su propia carne y la de otros animales, ejerciendo contra ellas —que son por su naturaleza vegetarianas— una violencia similar a la que ejercía contra la protagonista de la novela su propia familia.

Pero la violencia del hombre va más allá; es en su afán de acumular riqueza infinita, que ejerce también violencia contra él mismo y sus semejantes. Es aquí donde Dolors Alberola le señala que el mal es fruto de la mano del hombre, que las vacas no están locas y que si las vacas fuesen libres, comerían hierba y no sufrirían ni trasmitirían a los humanos ninguna encefalopatía espongiforme.

Es la violencia sutil la que nos contamina y mata; una violencia apenas perceptible y, en todo caso, siempre justificada en aras del progreso. ¿Del progreso para qué? ¿En beneficio de quién?

Al igual que en la novela la protagonista opta por no alimentarse, por dejarse morir ya que no puede convertirse en naturaleza misma, respetuosa e inofensiva, una gran parte de nuestra sociedad está optando por la muerte; muerte física activa o pasivamente, generalmente tras una muerte social por exclusión, por la despersonalización, por el rabioso dolor de saberse un forzoso esclavo voluntario en un mundo deshumanizado y alienado; un mundo en el que las agresiones de una y otra índole terminan por acorralar al individuo de tal modo que el suicidio ya es para muchas personas la única puerta de salida.

Así se explican las aberrantes cifras de suicidios que se están produciendo a diario, no solo en nuestro país, también en el resto del mundo, globalizado en beneficio del neocapitalismo salvaje. Pero claro, de la nueva costumbre del hombre de ser Dios, bien puede resultar que el suicidio de una persona acabe por considerarse un mal menor inevitable en función del beneficio de intereses y objetivos, como ocurre con el sacrificio de la vaca, aunque cada vez los objetivos se limiten al interés de un grupo de poder más reducido. Después de todo… Será cosa del progreso…

La sociedad de la violencia
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