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Esos seres maravillosos

Hablamos de seres vivos a los que no solemos prestar atención, al menos la mayoría no lo hace, pero que gracias a ellos se mantiene la vida saludable y el equilibrio hídrico en el planeta. 

Son los agentes silenciosos que mitigan buena parte de los desaguisados que propiciamos los humanos a nuestro entorno inmediato y al medioambiente en general y pese a ello, continuamos con su destrucción galopante sin reparar en las consecuencias que podrían llevar a la especie humana a la extinción. 

Esos seres maravillosos son los árboles. 

Por más que se nos haya dicho que el bienestar y la felicidad del ser humano se vinculan al estado de la naturaleza los hechos demuestran que estamos sordos, o acaso convencidos de que esa responsabilidad compete a los gobernantes, y no tenemos que hacer nada al respecto. Pero es ahí donde la ciudadanía se equivoca y también el ámbito en el que algunos consideran pertinente incluso llegar a la desobediencia civil. 

Un caso claro de irresponsabilidad de gobierno y hasta posiblemente rayando en lo delictivo es el comportamiento de los Gobiernos de la Amazonía. El más flagrante de todos, el caso de Brasil dónde ya se está planteando solicitar el encausamiento de Bolsonaro por los desastres ecológicos que su Gobierno preconiza, legislando en aras del enriquecimiento ilegítimo de grandes corporaciones que están destrozando la Amazonía, con la deforestación, contaminación de las aguas y expulsión de sus tierras a los indígenas y a residentes de las zonas afectadas. 

Detrás de esas acciones están las actividades de minería extractiva a cielo abierto, el monocultivo extensivo de soja y el pasto para la ganadería que, junto con las infraestructuras para el desarrollo, almacenamiento y transporte de la producción, amplían las zonas deforestadas; por otra parte está la contaminación descontrolada e irresponsable que dichas explotaciones practican y que Bolsonaro, igual que otros mandatarios en países vecinos, no ven o no les interesa ver. 

Durante la pandemia la deforestación de la Amazonía aumentó vertiginosamente pese a las advertencias de la gravedad del cambio climático y los efectos que la tala y quema de bosques genera sobre todo el planeta. 

Brasil es el país que se sitúa a la cabeza con 1,3 millones de hectáreas de bosques tropicales primarios o nativos quemados en 2018, cifra que aumentó en 2019 y que a su vez fue superada en 2020 con un aumento del 17%con respecto al 2019, alcanzando los 2,3 millones de hectáreas en un solo año y representando el 65% de la superficie de Amazonía destruida en 2020 en Latinoamérica. 

Otros países latinoamericanos también contribuyen a agravar el problema. En los últimos 3 años, Bolivia y Perú registraron el record histórico de deforestación en sus territorios amazónicos. En 2017 Bolivia arrasó los ecosistemas de Chiquitano y Chaco. En Perú la pérdida se centró en las zonas de Pasco, Huánuco y Ayacali. También Colombia está perdiendo bosque primario y, en 2020, la deforestación aumentó en el país un 53% con respecto a 2019. 

Las consecuencias de la deforestación ya se están sufriendo a diferentes niveles. Chile ya experimenta la que se conoce como «mega sequía», la mayor crisis del agua en los últimos 50 años. En palabras de los afectados del valle de Colliguay y en otras 7 regiones de Chile "los animales se están muriendo de hambre porque ya no pueden alimentarlos". Y de seguir así, ¿qué va a pasar con las personas? 

En Latinoamérica es dónde mayor deforestación se está llevando a cabo pero no es el único continente dónde se altera y destruye la naturaleza; recordemos el drama que suponen las ingentes extensiones de bosque eliminadas para cultivar el aceite de palma. 

De alguna manera todos estamos inmersos en la catástrofe que estamos provocando. Y la deforestación no es la única culpable pero sí una de las más graves porque los árboles son los pulmones del planeta y además de proporcionarnos el preciado oxigeno, imprescindible para la mayoría de las especies, tienen la capacidad de absorber dióxido de carbono, (CO2), que es el principal componente de los gases de efecto invernadero causantes del calentamiento global y el cambio climático. Está claro que no es una cuestión baladí. 

Así lo entendió Sadiman, un ganadero indonesio de 58 años que ha creado un bosque con más de 11.000 árboles, plantados a lo largo de 23 años en la zona más árida de la isla de Java. Utilizó su dinero y se deshizo incluso de parte de su ganado para comprar banianos, (varias especies de ficus que almacenan agua), con la finalidad de acabar con la sequía que asolaba docenas de aldeas de la Regencia de Wonoguri, dónde reinaba el hambre por la escasez de agua dulce debido a que la erupción del volcán había arrasado el bosque. 

Mientras los demás trataban de plantar cultivos para su alimentación, Sadiman plantaba banianos en los que se iba enroscando otra vegetación hasta crear un bosque que ahora proporciona agua y aire fresco a los residentes. La labor de un "loco" al que los demás simplemente toleraban pero no entendían, ha devuelto la vida a aldea y garantizado el suministro de agua dulce. 

En 1919, Sadiman recibió el reconocimiento por el Gobierno de su país, por su dedicación para devolver el agua a la zona y combatir la desertización conservando el ecosistema. También el Gobierno local le entregó 6.300 euros por «inspirar a la gente» sin pedir nada a cambio. 

La sabiduría y generosidad de un hombre hace un mundo mejor para todos. No hace falta ostentar un cargo público para ser útil, ni ocupar un alto cargo en la política significa que siempre sus actos vayan a revertir en bien del pueblo.

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