Opinión

1.093 días

Hace unos días tuve el impulso de fumar, fue un instinto killer que me asaltó a medianoche, con la necesidad imperiosa de echar una calada. Ocurrió en medio de un cabreo considerable y mi cerebro automáticamente olió el tabaco. Fue heavy y, sobre todo, inesperado.

Me sorprendió la intensidad del deseo de encender un cigarro para calmar mi ansiedad. Un problema se mire por donde se mire: ya no fumo, abandoné el vicio —el día 13 hará tres años—, sin embargo la experiencia me sirvió para constatar que seré una yonkie de la nicotina hasta el resto de mis días.

Soy débil, pese a llevar 1.093 días sin caer en la tentación, que eso es precisamente lo que es. Si no tengo cuidado seré una de tantas que consiguieron dejarlo y volvieron después de 4, de 10 o incluso de 20 años. Nunca estás a salvo de una adicción, de una droga, que te engancha y no te suelta fácilmente.

Es increíble cómo funciona la memoria sensorial. La capacidad que tiene un olor de transportarnos a un determinado lugar, a una persona concreta, a una situación inolvidable, para la bueno y para lo malo.

El olor a café, por ejemplo, es sinónimo de casa, de hogar, de infancia, con toda la casa inundada por ese aroma que impregnaba cada estancia por la mañana. Se compraba en grano, se molía y se hacía en una cafetera italiana, igual que ahora.

Lo curioso es que me encanta su olor, pese a que detesto su sabor. Me atrevo a asegurar que soy de las pocas periodistas, tanto hombres como mujeres, a las que no les gusta el café, ni solo ni cortado ni con leche.

Detesto su sabor y me sienta como un tiro, aunque hace siglos que no lo pruebo, pero su olor es simplemente maravilloso y evocador. Es curioso el cerebro como algo que detestas consigue embaucarte, como me ocurre con la vainilla y el chocolate. Hummn.

Comentarios