Opinión

Cocinillas

Soy una friki de la cocina, lo que no me convierte ni mucho menos en una chef. De hecho, hasta los 34 años recién cumplidos escapaba de la cocina como de la peste.

No me interesaba; es más, me repelía. Prefería comer un bocadillo de salchichón o queso —mis favoritos— antes que freír unas patatas, ya no hablemos de hacer elaboraciones más complicadas.

Aún no consigo entender cómo logré sobrevivir a mis años de universitaria en Madrid —venía tres veces al año a casa, así que el modelo táper cada fin de semana estaba descartado—, pero como los caminos del señor son inescrutables la muerte de mi padre supuso mi acercamiento al arte culinario.

Fue mi válvula de escape, la vía para mantener la cabeza ocupada, lejos del vacío existencial y la amputación emocional que supone la muerte de un ser querido, sobre todo cuando era joven —tenía solo 61 años—, pero sí un hombre muy enfermo desde los 49.

Los fogones se convirtieron en mi refugio, para estupefacción de mi familia que sabía de mi tirría. Ahora me defiendo, sin llegar al nivel familiar —es muy alto—, pero al principio a veces no había nada que comer, porque todo me salía casi incomestible.  

Al final, resultó que me divierte, y, sobre todo, me relaja. Eso en una persona hiperactiva como soy yo, y bastante estresadita, además de muy intensa, es un chollo que encima redunda en los demás.

Esa pasión se extiende, no solo a los libros de cocina que colecciono, sino a estar abonada a Canal Cocina y a no perderme ni una entrega de Masterchef, con excepción de la Junior que antes veía y ahora me repatea. Son un poco resabiados para mi gusto.

Pero el que más me divierte, con diferencia, es el Celebrity. Ver a los famosos sufrir, no dar pie con bola o sorprendernos con sus talentos, como el día que Tamara Falcó se demostró una máquina despellejando conejos. Y mira que parecía remilgada.