Opinión

El coloso en llamas

Incendio en un edificio de Valencia. MANUEL BRUQUE (EFE) (1)
photo_camera El edificio de Valencia en llamas. EFE

Hollywood en los años 70 puso de moda lo que terminó por llamarse cine de catástrofes. Películas repletas de estrellas que se nutrían de los miedos más exacerbados del ser humano, desde sufrir un accidente de avión, quedar sepultado en una avalancha o ver cómo el edificio donde estás se convierte en una antorcha.

Así ocurría en El coloso en llamas (1974), que por azares de la vida tengo fresca en la memoria puesto que despedí el año precisamente viendo Lo que el viento se llevó y este dramón con Paul Newman a la cabeza.

La historia quizá les suene: un fallo en la instalación eléctrica provoca un incendio a media altura de un rascacielos, donde se utilizó una instalación de poca calidad y donde se habían reducido las medidas de seguridad contra el fuego. Consecuencia: el incendio se propaga de forma rápida por todos los lados.

Esta película se rodó en un rascacielos de San Francisco en los 70, pero bien podría haber sido el jueves en Valencia, donde contemplamos con horror cómo ardía igual que una tea flamígera un edificio de 138 viviendas. El drama, la tragedia y la rabia están servidas.

Con el paso de las horas empieza a trascender el dramático balance de víctimas —padres, madres, hijos—, que atrapadas por el fuego no lograron huir. La desesperación de sus familiares por buscar a los desaparecidos, que lo más probable es que estén muertos en algún lugar de ese esqueleto de hormigón, negro como el tizón, que ha quedado como recuerdo de la tragedia que nunca debió suceder.

Las causas tardarán en conocerse, aunque lo que parece estar claro es que el material utilizado para recubrir la fachada es altamente inflamable: poliuretano. 

Quizá haya sido eso, o la moqueta, como se cree que ocurrió en el hotel Corona de Aragón de Zaragoza: murieron 83 personas en 1979. Una verdadera catástrofe.

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