Opinión

El semen de Ortega

El sentido del ridículo debería dispensarse en los súper, en las farmacias o en los bares, tanto da. Algunos lo necesitan de forma perentoria e irrevocable porque una cosa es evidente: algunas personas lo tienen y otras no.

No hace falta nada más que caminar por la calle, observar –un arte en sí mismo– o escuchar para darse cuenta. Y es maravilloso ser diferente, pero es que a veces pienso: "El vecino que haga lo que quiera, pero yo a los míos no los quiero ver así". Ahí sale mi sentido del ridículo a relucir, que no es que lo tenga muy acusado, pero hay límites que no se deberían sobrepasar.

Ortega Cano lo hizo el otro día. Salió por la puerta grande de las meteduras de pata cuando afirmó vehemente: "Mi semen todavía es de fuerza, ¡vamos a por la niña!". Esa frase antológica, dirigida a una esposa que ya no lo quiere ser, es historia viva de la televisión.

A sus 68 años, el torero no tuvo mejor idea que defender su hombría –igual a semen para él–, para reconquistar a su esposa a la fuga. Ella, con sus flamantes y rubiales 44 años, fue la destinataria de tamaña declaración de amor. ¡Ay, José! Dónde dejaste aparcado el sentido común, que tanta falta te hacía ante una perpleja Ana Rosa.

La faena es volverse viral, porque tu ridiculez de dimensiones cósmicas alcanza el infinito y más allá, que diría nuestro querido Buzz Lightyear. E, incluso allí, puede llegar el recado.

Esa delgada línea roja, como si fuese la marcada por Terrence Malick, debería iluminarse más que Vigo en Navidad. Evitaría el bochorno de escenas, frases, situaciones, que solo recordarlas nos hacen enrojecer hasta nuestro último y remoto bulbo piloso.

¿Se acuerdan, verdad? Pues, sí, todos tenemos momentos para la infamia, pero al menos podemos guarecernos en ese anonimato que nos evita la humillación de ser el hazmerreír nacional. Y eso no es poco.

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