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Rivera, el voluble

Albert Rivera, durante la comparecencia en la que anunció su dimisión. RODRIGO JIMÉNEZ (EFE)
Albert Rivera, durante la comparecencia en la que anunció su dimisión. RODRIGO JIMÉNEZ (EFE)

EN LA vida política no puede uno ser voluble y Albert Rivera pasó por ella como un caballo desbocado, constantemente de un lado al otro sin saber bien por dónde andaba ni para qué. Esa condición de caballo loco la mantuvo hasta el final. El domingo por la noche, tras conocer los resultados, dijo que iba a convocar a su ejecutiva y que ya se celebraría en su momento un congreso en el que la militancia decidiría sobre los destinos del partido y del propio Rivera. El lunes por la mañana, dimitió.

Hoy los líderes tienen la sensación de que los votantes tienen dueño, como si fueran ganaderos propietarios de rebaños de vacas marcadas a fuego con el logo de un partido; que a esos rebaños uno los puede llevar de aquí para allá, que ya irán creciendo o decreciendo pero hay ahí un grueso de fieles que se unen al partido a muerte, como quien se aficiona a un equipo de fútbol de niño y lo hace para toda la vida. Cuando se produjeron los batacazos de Sánchez primero y de Casado después, creyeron que las incorporaciones de dos nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, redefinían la situación. Dos nuevos rebaños. Luego llegó Vox.

Los ciudadanos no tenemos dueño, ése es el problema. Hace siete meses Albert Rivera estaba el tío todo contento con sus 57 escaños, autoproclamándose líder de la oposición y ahora está en su casa solo, deambulando en calzoncillos por el pasillo, sin afeitarse, jugando sin ganas con la consola y dando de comer al perrito que huele a leche. Preguntándose por qué, cuando un día miró atrás, todas las vacas habían cambiado de rebaño. Pues porque no eran vacas, coño, eran personas. ¿En qué momento creyó que su papel era disputar la extrema derecha a Vox y al PP? Alguna de aquella era gente, casi la mitad por lo que se ve, era de centro liberal, o eso les había dicho Rivera. Le habían votado para que actuara como bisagra, brindando estabilidad a España y eventualmente entrando en gobiernos, siempre desde el centro; ofreciéndose como látigo del separatismo. No hizo nada de eso porque pensando en sus votantes como vacas, comprobó que girar mucho a la derecha acrecentaba el rebaño.

Casado, viendo su propia hecatombe tras sacar aquellos 66 diputados, emprendió un brusco viraje a posiciones moderadas. Llamó a Ana Pastor, sacó a los más extremistas de su campaña salvo a Cayetana, que la mantuvo para contener a Vox y ni eso supo hacer; se dejó barba, no sé: intentó parecer un buen yerno, y para ello escondió a Aznar y enseñó a Rajoy, aunque no mucho. Es curioso, no obstante, comprobar que de los 47 escaños que perdió Rivera, 22 fueron para el PP que viraba al centro pero los otros 25 fueron para Vox.

El caballo desbocado sufrió un infarto. Decepcionó a los votantes de centro derecha y a los de extrema derecha. Usted o yo podemos creer una y otra vez a un mentiroso, pero castigamos la incoherencia. Si un líder quiere mentir, que mienta siempre en la misma dirección. Que nos diga que la pared que vemos blanca es negra. Bien, si nos parece buena persona nos creeremos la mentira si a cambio nos promete una vida mejor; pero si nos dice un día que la pared es azul, al día siguiente violeta, luego verde y al cabo de la semana nos viene contando que es roja, ahí pierde toda credibilidad. La credibilidad de una persona se basa en buena medida en su capacidad para mantener una mentira.

Lo grave es que de los 47 diputados que perdió Rivera, 25 le habían comprado un mensaje extremista y se largaron a Vox. "Para votar a un facha, voto al más facha". En fin, quiero creer que esos votantes tampoco son vacas. No están marcados ni pertenecen a un rebaño. Quien vota alternativamente a Ciudadanos y a Vox es porque le han convencido unos y otros. Lo que nos demuestra un seguimiento de los resultados de cinco o seis años hasta hoy es que hay un porcentaje amplio de votantes que pueden ser tan volubles como Albert Rivera, que no son de nadie, que si acaso algunos de ellos hasta se mueven por modas pero no tienen dueño. Pueden cambiar por eso, por la moda, pero también por ideología, por pragmatismo, por sentimiento de país como los del BNG; o porque los convenció un vecino que pagó una ronda.

Jugar con los votantes, llevándolos de pasto en pasto como si fueran rebaños no es buena idea. Que tomen nota los gurús y quienes compran sus delirios. Hace siete meses, Rivera tuvo una posibilidad real de ser vicepresidente del Gobierno, de ser protagonista de una legislatura, mejor o peor, pero estable; de consolidar de verdad a su partido. Hoy no tiene quien le acompañe a pasear al perrito que huele a leche. Puede ser uno lo que mejor le parezca, pero en política, nunca sea usted voluble.

Rivera, el voluble
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