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La vuelta como la ida: fatal

Debate a cuatro en Atresmedia. JUANJO MARTÍN (EFE)
Debate a cuatro en Atresmedia. JUANJO MARTÍN (EFE)

UN DEBATE en tres bloques: economía, Catalunya y pactos. Empezamos bien, con Atresmedia vendiendo a Atresmedia mientras los minutos corrían y los candidatos miraban a cámara con estudiada cara de buena gente. Había prometido la cadena un "ejercicio de transparencia" y justo ahí ya nos dimos cuenta de que Ana Pastor y Vicente Vallés venían a ser las estrellas.

Empezó el debate como el de este martes, tras una breve intervención de Iglesias subido en un poni, con Rivera hablando de independentistas y de Bildu, Casado otra vez de Bildu, de separatistas y de indultos y Sanchez tratando de resolver de mala manera todo lo que no arregló en el debate de TVE.

Pasados los minutos eso no era un debate, sino una entrevista múltiple. El primero que entró a debatir fue Pedro Sánchez, que se saltó una pregunta para atacar a Rivera y a Casado llamándoles, cómo no, mentirosos, ¿por qué? Por el tema de los independentistas.

Como el día anterior, Pablo Iglesias fue a lo suyo y puso sobre la mesa un amago de programa, enumerando una suerte de propuestas sin desarrollar ninguna. Tras una interrupción de Ana Pastor para pedir que hablaran de lo que se les pregunta, se siguen acusando de mentirosos sin hablar de lo que hay que hablar, que es el asunto. Luego fueron todos respondiendo a las acusaciones de los demás y en ese momento ya tuvimos que asumir que todos han adoptado una táctica formidable, que es la de aprovechar la agilidad, la libertad y el dinamismo del debate para hacer cada uno aquello que le dio la gana.

La cosa siguió por el camino previsto pero más dinámico: Casado hablando de batasunos dinámicamente, Iglesias vendiendo motos sociales, Sánchez tratando de no perder. Y fue ahí cuando comprendimos que, al menos hasta ese momento, todos iban a no perder, a no ser el último. Y es entonces cuando el ágil y novedoso método de la emisora les permitió interrumpirse y empezaron a hacerlo tímidamente al principio y luego a lo bestia, como si estuviéramos viendo Telecinco.

Al cabo de unos segundos todos se interrumpían y pedían la palabra levantando el brazo como trotskistas o como falangistas mientras otro hablaba. Ahí fuimos pillando el xeito de cómo cada uno había asumido el reto. Los moderadores eran tantos y tan buenos que se sintieron intimidados por el trabajo anterior de Xabier Fortes y en lugar de dirigir se limitaron a respirar.

Entonces Iglesias se vino arriba en plan Rocky Balboa. Llevaba dos días sin meterse mucho en discusiones ajenas mientras los otros tres se apuñalaban. Elevó el tono, elevó la estatura y dijo algo que ya no recuerdo pero que era importante. Escribir mientras se ve y se escucha es lo que tiene.

El derecho a la vivienda y otros intrascendentes temas como los del desahucio y el aborto se debatieron en tres intervenciones de siete segundos cada una. Bien; el formato era magnífico; tan libre, tan abierto, que nadie sabía de qué se hablaba ni lo hacía sobre lo que no quería hacer, lo que por cierto a los candidatos les vino de maravilla. Pero Iglesias se subió arriba de pronto y hablando de eutanasia y violencia machista, en lugar de decir "monoparentales", dijo "monomarentales", de madres, para obtener el voto feminista. Un crack. La cosa se ponía emocionante. El dramatismo estaba ahí al lado.

En adelante, el debate se nos fue de las manos a todos: los candidatos empezaron a tomárselo como si estuvieran haciendo el tonto en Twitter: frases cortas pero contundentes sobre mafias de inmigrantes, feminismo, explotación sexual, Guardia Civil, educación, empleo público, equiparación salarial, xenofobia, buenismo, eutanasia, Fórmula 1, cooperación, Haití, cordones sanitarios, toros, entornos rurales. Habían tomado nota de cada recado que todo español les había dejado la noche anterior, en plan: "Pero de esto no habéis hablado".

Emprendieron una carrera para ver quién sacaba más temas, simplemente mencionados porque todos estaban guardando el tiempo para hablar de Batasuna y el independentismo, hasta que salió el tema de la violencia de género y ahí Sánchez les metió una paliza a Casado y Rivera. Sánchez, tan comedido el lunes, se puso este martes medio medio casi agresivo y resolvió dignamente el round sin jugarse la vida, por ganar algún asalto a los puntos. Volvió a hacerlo a costa de un tema que usted no se imagina: los pactos con Batasuna.

Casado volvía con la pregunta imaginando que Sánchez no se había preparado una respuesta, que el presidente traía toda guapa con un gráfico de pactos históricos entre independentistas y constitucionalistas.

El minuto de oro fue desperdiciado por todos, aunque Iglesias, último en intervenir, aprovechó para hablar de cloacas, poderes económicos, mujeres, jóvenes y pensionistas. Casado, desanimado otro día más, fue el gran perdedor del partido de vuelta como en el de ida. Sánchez, que no se la jugó, retomó el tono presidencial y volvió a salvar la cara. Rivera, en fin, ni mejoró ni empeoró.

La vuelta como la ida: fatal
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