Opinión

Puerto de Vigo

Es una mañana de nubes grises asoladas de orballo en el puerto de Vigo, recogiendo un contenedor, tras largo tiempo sin venir. En la intensa humedad yodada, sangre de los gallegos, con la sensación que desde hace años me embarga al regresar a una ciudad mucho más cuidada, con flores suizas en las farolas, pero que ha perdido el músculo duro que antes venía de todos los mares, o de la memoria de nuestra miseria, Barreras, Vulcano o Ascón. Venir en sexta velocidad asiática – rabiosamente joven, vigorosa y hambrienta – y reducir de repente a una segunda velocidad de fatiga senil satisfecha, de buen vino abotargado, pero con las preciosas grúas de pinzas como centollos; todavía marisco de la actividad, riqueza e intercambio.

Desparramados entre la maraña de naves y carretillas, miran al desconocido los hombres rudos mal afeitados, servidores del océano, de piernas borrachas al tocar tierra, o gruesos de camino, pegados a sus camiones. También, la falta de ambición. Un puerto que ya es como una conversación cansada de sí misma, como esas parejas que no se hablan, instalados en el confort del silencio, que evita preguntas.

Pues, sin evocar el inmenso puerto de Shanghái, recuerdo noches sin dormir en la bahía de Dalian, por la diferencia horaria. Dalian, la urbe casi francesa, pues los rusos copiaban a estos en el tiempo colonial, con su dicho "ver París y morir". Ciudad del noreste helado de China, cerca de Corea, Japón y Siberia. Treinta grados bajo cero al borde del mar; que entonces aún no traía trabajadores norcoreanos en vagones cerrados, para cuadrar unos números que ya no salen, saciada el hambre. Ganado de a 60 dólares totalitarios al mes para pagar misiles, de los que la oveja se lleva 8 durmiendo en fábricas sin poder salir, hasta que los retornan agotados, meses después, sustituidos por otros.

Las 24 horas, cientos de buques de gran tonelaje haciendo cola para entrar a puerto, llenando la bahía de luciérnagas; a un lado, la petroquímica; al otro, los astilleros maravilla – diez veces el Ferrol de los buenos tiempos –, con sus hileras de trabajadores azules y las chispas de soldadura haciendo fuegos artificiales sin sindicatos, pues si ya son comunistas, para qué tenerlos, parecen decir las consignas en los muros, con tinta roja.

Como también rememoro los trabajadores de mono, gorra y cuello Mao, de mirada sencilla, a veces pura, de quien vino del campo, y sus rostros curtidos de un Lugo achinado, de cuando D. Constantino vendía los géneros en carros de vacas con ruedas sin engrasar: "aí vén o Constantino", se decía. Los mismos coloretes de venas reventadas de frío e intemperie, manos recias y pieles abrasadas.

De esos, bastantes venían a saludar con gestos mi nulo mandarín, tras habérmelos ganado la primera vez con estrategia antigua de nuestra tierra: llegar con una caja de Tsingdao – la Estrella de allí – y tziao tsé calientes, deliciosos raviolis fritos o al vapor, que habíamos compartido; además de ayudarlos con el contenedor, en fraternidad republicana de esfuerzo.

En cualquier caso, un puerto siempre me da paz. Como un bosque. Porque es una recreación de un orden natural superpuesto. El mar a un lado – sendero de libertad e incertidumbre, sujetos a una fuerza superior e inhóspita: la vida misma – y en tierra desplegado el mercado de Persia con todas las maravillas, expuestas o camufladas; arrancadas al escarnio de la naturaleza, casi siempre dura con el hombre: mármoles aquí, seda y algodón allá, bazar acullá. En sus cajas metálicas apiladas que cambiaron el mundo cuando un visionario, fundador de la naviera APL, se pasó días y noches hasta que lo recibió el mando encargado de la logística del ejército gringo en Vietnam, y consiguió convencerlo de las bondades alegóricas de su visión – el comercio organizado – que cambiarían el mundo, terminando con las cuadrillas de barcas y porteadores que durante milenios habían realizado cargas y desestibas.

Eso pienso hoy en el puerto de Vigo, oliendo a tortilla, a grasa y a mar.

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