Opinión

La resistencia civil nipona contra el militarismo

"El perdón adorna el coraje" es un viejo aforismo sánscrito, que estos tiempos desmemoriados sustituyen, otra vez, por puño y aplastamiento. En lugar de construir, que requiere orden, voluntad y lleva tiempo, la opción es destruir, que es rápido.

Se elige el dominio y el enfrentamiento, olvidando que la guerra es cara, y simplemente inviable en la era nuclear: locura humana. Y el mal se extiende por doquier. Tras Hiroshima y Nagashika, un imperio militarista y sanguinario, y la destrucción ingente de la segunda guerra mundial, los japoneses son quizás uno de los pueblos más antibelicistas del planeta.

Un país que renunció a la guerra en 1947. Sentimiento enraizado en la constitución, que impone fuerzas militares estrictamente defensivas, pero que va más allá, adentrándose en la memoria, y que ahora el gobierno – bajo presión China, de los misiles de Corea del Norte, títere de esta, y sobre todo de EE .UU. – intenta revertir. Con un incremento anunciado que duplicará la inversión militar, y prevé US 315 billones de expansión presupuestaria militar durante los próximos 5 años. No pocas pensiones, médicos y maestros, en la preocupación creciente de que China, rodeada de bases militares y provocada sin cese por EE .UU., intente tomar Taiwán a la fuerza, lo que arrastraría a Asia, y probablemente al mundo entero.

Y aun así el gobierno japonés no consigue convencer siquiera a sus gigantes corporativos para aumentar sus divisiones militares de negocio, que durante años han equipado en silencio al ejército japonés. Entre otros, Toshiba Corp., Mitsubishi Electric o Daikin Industries Ltd.

¿Por qué? Por varios motivos. Uno, el miedo reputacional, pues estas multinacionales temen el impacto negativo en sus ventas si son asociados a empresas de producción militar, tanto entre el público japonés como en China, donde el sentimiento anti japonés es avivado de forma permanente por el gobierno, a través de múltiples películas patrióticas que a diario recuerdan las atrocidades japonesas durante la ocupación, como modo de atizar el fervor nacionalista pro gubernamental.

Películas, salvando las distancias, donde los soldados nipones son las SS de las películas estadounidenses. Dos, que sus divisiones militares tienen beneficios muy inferiores respecto de sus divisiones civiles. Tres, el miedo a invertir en factorías y proyectos militares que luego perdiesen vigencia, si se llega a invertir la tendencia actual de gasto.

Temores que el gobierno nipón de Fumio Kishida intenta soslayar asegurándoles un 15% de margen comercial, y que las em-presas estatales puedan producir para ellos, con riesgo cero. Porque, a diferencia de EE .UU. con Lockheed Martin Corp, Reino Unido con BAE Systems PLC , o Francia con Dassault, el Japón pacifista carece de campeones nacionales en la industria de la defensa. Como ejemplo, la división militar de Mitsubishi Heavy Industries, que está construyendo el nuevo jet de última generación y misiles de largo alcance que puedan "disuadir" a China, o Corea del Norte, solo supone un 10% de su volumen de negocio, estimado en USD 29 billones en 2022. Con el grueso de su facturación en componentes de aviones civiles y equipamiento industrial. 

Daikin, famoso por sus aires acondicionados, tiene un apartado de munición militar. Toshiba, el de las impresoras, de baterías militares. Además de automóviles, Subaru construye helicópteros de combate, y Mitsubishi Electrics, radares y misiles, junto a frigoríficos y aspiradoras. Y recordando la historia surge una pregunta: ¿cuándo se ha detenido la pendiente hacia la guerra, si el gran capital corporativo depende de la producción militar para asegurar sus resultados, a menudo respaldando entonces las carreras políticas de los candidatos más belicosos? Hitler sería el ejemplo tipo. ¿Es sensato que una parte sustancial de recursos sea para la guerra, en un mundo asolado de miseria lacerante, desigualdad creciente, oligopolios y elusión fiscal, además de déficits galopantes? No, y hoy es peligroso.

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