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El hombre de la Reina

No faltaron sus decenas de condecoraciones en el altar mayor de la capilla de San Jorge presididas por la de la Orden de la Jarretera (la mayor y más importante del Reino Unido) y el bastón de Mariscal de Campo (Field Marshall): aunque a mí lo que más me llamó la atención y para bien, fue lo que portaba el féretro

Quise esperar a su funeral para escribir sobre él, porque independientemente de su peculiar carácter, Su Alteza Real el Príncipe Felipe, Duque de Edimburgo ha pasado ya a la Historia, y sin duda alguna, confiriéndole un tan alto reconocimiento como merecía, aunque él decía lo contrario.

Tuvo el funeral que él quiso. Fue tal y como él lo diseñó, de corte militar, con pocos asistentes (sólo 30 personas y prácticamente todas ellas de la familia y del servicio del castillo de Windsor, además de los oficiantes el Arzobispo de Canterbury y el deán de Windsor), con el elenco de piezas de música que perfectamente seleccionó y siendo portado su féretro hasta la capilla de San Jorge de Windsor en el Land Rover qué él mismo ayudó a diseñar; y el cual entró en el recinto del castillo con el himno de fondo I Vow to Thee, My Country, el mismo que sonó en el funeral de Diana de Gales.

No faltaron sus decenas de condecoraciones en el altar mayor de la capilla de San Jorge presididas por la de la Orden de la Jarretera (la mayor y más importante del Reino Unido) y el bastón de Mariscal de Campo (Field Marshall): aunque a mí lo que más me llamó la atención y para bien, fue lo que portaba el féretro.

En primer lugar la enseña personal del Príncipe, la cual está formada por cuatro divisiones: la primera de ellas consta de tres leones azules y nueve corazones rojos sobre un lienzo amarillo representando a Dinamarca; a su derecha, la cruz blanca de la bandera de Grecia, que simboliza su país de nacimiento; en la parte inferior a la izquierda, cinco franjas verticales en blanco y negro en representación de las raíces del apellido y de la familia Mountbatten; y junto a ellas, y como última, el castillo en colores negro y rojo de la ciudad de Edimburgo. Me alegro que fuese este estandarte el que le acompañase hasta su última morada, ya que tenía un especial significado para el consorte real, el cual debió de renunciar a sus títulos de nacimiento como Príncipe de Grecia y Dinamarca para convertirse en ciudadano británico y poder contraer matrimonio con la Reina ( además de a su religión ortodoxa); pero el día anterior a su boda, su futuro suegro el Rey Jorge VI le concedió las dignidades de Duque de Edimburgo, Conde de Merioneth y Barón Greenwich, con tratamiento de Alteza Real; al que se uniría el de Príncipe tras la coronación de Isabel II en 1957; todas ellas muy bien recibidas por el ya fallecido consorte, el cual siempre unos pasos por detrás de la reina, supo estar a su lado ejerciendo como nadie lo hubiera hecho un papel exclusivo en su aportación y apoyo a la Corona, que sin duda alguna ha sido más importante de lo que nunca él mismo se ha imaginado en vida, como así lo ha manifestado su viuda estos días, y como tan bien relató el Arzobispo de Canterbury ayer en su funeral. En segundo lugar, dos de sus tesoros, la gorra y el sable de Oficial de la Royal Navy (no el gorro y la espada que se ha dicho en todos los medios de comunicación), profesión que tuvo que dejar de lado para servir a la Corona, pero sacrificio que recibió su recompensa al ser nombrado en 2011, por su esposa la Reina, Lord Gran Almirante del Reino Unido. Y la tercera y más cariñosa, un centro de rosas blancas, lirios de los valles y pequeña flor menuda de color blanco con una tarjeta personal de la ya su viuda.

Su hija e hijos, sus nietos, su yerno, su sobrino y el chambelán del castillo de Windsor le acompañaron a pie en una procesión que le llevaba a la Capilla de San Jorge, allí le esperaban las esposas de sus hijos, sus nietas y consortes, una representación de su familia griega, sus sobrinas y consortes, y personal allegado a la familia. Ningún político (el primer ministro, Boris Johnson ya hizo manifiesto que dejaba su sitio a alguien de la familia), solamente los que más le querían y 700 efectivos en representación de las Fuerzas Armadas del Reino Unido y la Commonwealth.

Pero tras todo este ceremonial de empaque regio, en nuestras pantallas pudimos ver la soledad de la Reina Isabel II dando su último adiós a quien como nadie le brindó lealtad inquebrantable, y más que nunca se pudo apreciar la soledad de la viuda que ha perdido la compañía de quien durante más de 73 años ha estado a su lado, y al que había conocido acompañando a su padre el Rey Jorge VI en una visita a la academia naval de Dartmouth, (la homónima a nuestra Escuela Naval Militar), en julio de 1939: una vez allí solicitaron la presencia del entonces cadete Felipe de Mountbatten para acompañar a las dos princesas, Isabel y Margarita. Cuentan que la futura reina se quedó encandilada de aquel alto, guapo y elegante joven de 18 años (ella tenía 13), y desde entonces iniciaron una relación epistolar que les unía poco a poco, y que culminaría en la gran boda en la abadía de Westminster aquel 20 de noviembre de 1947.

Y quise escribir sobre un consorte real especialmente en un momento donde la cuestión monárquica parece flaquear, y a través de este artículo de más descripción que opinión dominical, quiero reconocer el papel de una institución histórica cómo es la monarquía, y hacerlo por la triste circunstancia del fallecimiento del Príncipe, a través de la del Reino Unido por ser la que más trascendencia tiene actualmente en el mundo. Porque yo podré estar de acuerdo con esa forma de estado y de gobierno, o no; pero lo que hay que hacer de una vez, es dejar de ejercer la estupidez de esa posmodernidad, de lo “políticamente correcto”, y con el debido respeto referirnos a quién y cómo consideremos, aunque no estemos de acuerdo. Por cierto, una anécdota interesante que no pocas veces se han preguntado algunos de ustedes, y por cierto bastante obsoleta, a ver si la corrige la próxima soberana en ciernes la Princesa Victoria de Suecia cuando llegue al trono, ya que la diferencia entre consortes reales, es la siguiente: un consorte de reina siempre es príncipe, y una consorte de rey es reina, ¿por qué?, porque ellas van a ser madres gestantes de futuros reyes y reinas.

Yo en este caso aprovecho estas letras para enviar mi más sentido pésame a la esposa y Reina Isabel II, a su familia y amigos, y por supuesto, mi reconocimiento a Su Alteza Real el Príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, quien siempre despertó mi curiosidad y cierto afecto, y al que recordaré como el gran gentleman inglés por su elegancia innata, su sonrisa espléndida, sus locuaces ojos azules, y sin duda alguna por el papel que ya le empieza a concederle la Historia, ser “la roca”, incluso algo más que solamente, el hombre de la Reina.

El hombre de la Reina
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