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Los niños (otra vez) no le importan a nadie

TODOS sabíamos que esto iba a suceder. Sin embargo, quienes tenían la obligación de prepararse para lo que venía no hicieron nada. Esa es, al menos, la sensación que me deja lo ocurrido en las últimas horas en torno al colegio Calasancio. Como padre de dos niños, el domingo por la noche me sentí indefenso. Vaya por delante que lo primordial es la recuperación de esos ocho empleados del centro que han dado positivo en las pruebas de la covid-19. Sin duda. Dicho esto, lo siguiente son los niños. Y una vez más, ni Educación ni Sanidade han pensado en ellos. Apenas doce horas antes (con la noche de por medio) informaron al centro de que debía cerrar sus puertas. La dirección nos mantuvo puntualmente informados de lo que iba sucediendo desde el viernes, cuando dio positivo una docente de la clase de mi hijo mayor. Destacaban que iban a someter a pruebas a todo el personal. La noticia que llegó a nosotros (los padres) a última hora del domingo fue la presencia de ocho positivos y el cierre del colegio "hasta nuevo aviso". Más de 600 niños privados del derecho a la educación (no sé de qué me suena esto, en mayo y en junio ya les hicieron lo mismo) y, lo que es más serio, sin horizonte alguno. El colegio, siempre voluntarioso, pone en marcha desde hoy mismo una suerte de clases telemáticas que, pese a sus esfuerzos, para nada se asemeja a lo que merecen unos menores que, no lo olvidemos, llevan desde marzo sin sus principales rutinas. Esa película, la de las clases virtuales, ya la conocemos, y su eficacia es muy limitada. No solo en este centro. En todos ellos. Mientras, la información por parte de las autoridades que tienen la obligación de solucionar la papeleta es nula. Inexistente. Ni al centro, ni a los padres, ni siquiera a los medios de comunicación de toda España que ayer pedían una respuesta. No sabemos si esto durará quince días, una semana, un mes o si mañana habrán contratado a ocho docentes sustitutos y volverán las clases, previa desinfección del centro. Esto último, seguramente, es lo que ocurriría en cualquier país con un mínimo de previsión. Se habla de recuperar la normalidad, de prevención y de Educación, se llenan la boca sobre la importancia de que los niños vayan al colegio. Sin embargo, a la hora de la verdad, cuando alguien (que, insisto, no es el centro) tiene que aportar fondos, recursos y ganas para voltear una situación que era esperada por todos, nadie mueve un dedo. "Cerrado hasta nuevo aviso", o, lo que es lo mismo, esperar a que pase la tormenta en lugar de aprender a bailar bajo la lluvia. Así nos luce el pelo.

Junto a ello, hay un tercer factor en quien tampoco se ha pensado: los padres. Su presencia en casa es obligada para que los pequeños puedan ‘asistir’ a esas clases virtuales que hoy empiezan a desarrollarse. ¿Pero no tienen que ir a trabajar? Yo, desde luego, sí. Y mi esposa. Y los padres y las madres de los compañeros de mis hijos. La respuesta, el silencio, no es más que un "buscaos la vida".

Los niños (otra vez) no le importan a nadie
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