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Al Pontevedra le está faltando más contundencia a la hora de apostar por Luismi u otro entrenador como inquilino de su banquillo

LUISMI LLEGÓ un 26 de diciembre al primer equipo del Pontevedra. Era para un par de días y lleva más de un mes. Nadie imaginaba que se iba a sentar en el banquillo granate. Lo acabó haciendo una vez, y dos, y tres, y seis. Y siempre con la eterna duda de qué sucedería la semana siguiente.

Luismi es un caso único en la historia del fútbol. Es la primera vez conocida que un preparador se examina personalmente cada fin de semana. El único margen que ha tenido hasta ahora se lo ha concedido la falta de tiempo para que un hipotético sustituto conociese a la plantilla y se adaptase a ella, para que preparase el siguiente partido.

Luismi ha ido ganando tiempo con buenas sensaciones, buenas vibraciones en el vestuario y un método de juego diferente al de su antecesor en el cargo, que entra más por los ojos, independientemente de que sea más o menos efectivo (eso ya depende del nivel de perfección con el que se desarrolle ese estilo).

onozco si Luismi es el mejor entrenador para el once pontevedrés. Hace un mes era un tanto escéptico al respecto de sus posibilidades. Hoy ya no tanto. No está (ni lo estará) claro si debe ser él u otro el que asuma el mando. Lo que sí es evidente es que la interinidad no es el mejor ingrediente para la estabilidad deportiva de un colectivo.

Imaginen qué autoridad puede tener un entrenador ante futbolistas que saben perfectamente que en cualquier momento puede llegar otro hombre. Imaginen con qué calma podrá trabajar el susodicho. Y menos mal que el actual vestuario de Pasarón está poblado de gente sana y seria. Y menos mal que Luismi es un tipo tranquilo.

Al Pontevedra le ha faltado (y le sigue faltando) más contundencia en este asunto. Si total, para destituir a un técnico no hace falta que sea interino.

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