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La conjura de la estupidez

"Si el martes arrasa la derecha en Madrid, habrá vencido la estupidez sobre el raciocinio", escribí el 2 de mayo y lo sostengo. Por tanto, ¿considero estúpidos a los miles de votantes que mantendrán a Isabel Díaz Ayuso en la presidencia de la comunidad autónoma, por ella transmutada en una región nacionalcastiza, gata y cañera? No, en absoluto. Pero, aunque una gran mayoría lógicamente no lo sea, sí han actuado de un modo estúpido arrastrados por el liderazgo de cinco de los seis partidos contendientes. Esto es, sin duda las estupideces más desproporcionadas las ha emitido el PP de Madrid por la boca de su candidata y, en consideración a la magnitud, ha obtenido el premio gordo para continuar en el cargo marcando los compases de un chotis postinero venido a menos.

El candidato del PSOE madrileño ha sido víctima de la estúpida cobardía de la cúpula del socialismo imperante. Pillados por sorpresa, con la pólvora mojada y el personaje en fuga, no se atrevieron a dar el cambio y presentar, con ingenio y valentía, un cartel renovador. Ángel Gabilondo se perdió en un estúpido buenismo, como si la guerra no fuera con él. Por tanto no podía tener mejor resultado que el descenso a tercera división.

Para que nada pintoresco faltara, la estupidez de Ciudadanos llegó cabalgando en moto. A cada acelerón Edmundo Bal pregonaba que él apoyaría a Díaz Ayuso. La misma heroína que había convocado las elecciones para sacudirse de los hombros la incomodidad del pacto de centro. Tamaña estupidez no hizo otra cosa que empujar el voto de sus simpatizantes a las arcas del PP y hacerlo desaparecer. Desde el fracaso de Albert Rivera, Ciudadanos huele tanto a cadáver que en nada sorprende escuchar a Inés Arrimadas y Juan Marín decir que "el partido sigue vivo porque ha llegado el momento para relanzar el centro". ¿No es este un balance estúpido ante la gran derrota? En el suma y sigue, la estupidez de Iglesias merece un amplio análisis funerario aparte. Prometo hacerlo. En esta corrida saltó al ruedo, como el héroe al suicido, para pasar a la historia de los inmortales. Nada más anunciar su propósito intuimos que la confrontación beneficiaría a la derecha. Sin embargo, su patético objetivo era «parar al fascismo». Paradójicamente en la primera oportunidad de confrontación, cara a cara con Rocío Monasterio, se sintió ofendido, se levantó de la mesa y se fue. Razones no le faltaban pero tan extraña forma de ganar una batalla resultó una estupidez supina. Ahora con su abandono de la política acaba de firmar el acta de defunción de Podemos y abrir la puerta para el acercamiento de los suyos a la casa común del PSOE.

En las habituales y peligrosas estupideces de Vox, aplaudiendo una anacrónica derrota del Frente Popular, entre otras perlas, no me detendré por no ensuciar ni mi pensamiento ni mi verbo.

El sexto y único partido a salvo de la estupidez ha sido Más Madrid, desde el instante mismo en que Mónica García le negó a Pablo Iglesias su estúpida y megalómana pretensión de librarles de un hipotético descalabro. El sorpasso al PSOE quizás no pase de anécdota circunstancial, pero de momento transmite una postura inteligente y renovadora al mostrarse como fuerza verde para la comunidad madrileña y, quizás, para toda España. ¡Ah! Una última estupidez. La celebración de la gesta de Díaz Ayuso, como gran triunfo de la libertad allí donde lleva gobernado el PP desde 1995, sin haber alcanzado la mayoría absoluta de sus antecesores. No pasa de ser un trampantojo para consuelo de Casado.

La conjura de la estupidez
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