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Era esto

Según la leyenda mitológica más difundida, Ícaro, hijo de Dédalo y de Náucrate, quiso llegar al sol volando con unas alas de madera y cera, inventadas para escapar del laberinto de Creta, donde el rey Minos lo había encerrado junto a su padre. El calor derritió el artilugio, el osado volador cayó al mar de Icaria, y se ahogó. Otras leyendas más racionalistas aseguran que Ícaro en realidad solo saltó de su barca a tierra, calculó mal la distancia, se hundió en el agua y también pereció entre los brazos de Neptuno. Esta historia, en su doble interpretación, debiera estudiarse en primero de políticas o, simplemente, en una especie de iniciación obligatoria, ser leída por quienes aspiren a dedicar su vida y talento al ejercicio de la cosa pública.

En tres lustros hemos visto salir de las entrañas del silencio a dos Ícaro dispuestos a asaltar los cielos y cambiar la realidad política y con ella la sociedad española. Han tenido mala fortuna y, en menos que se santigua un cura loco, han caído en picado. El primero, Albert Rivera, ni siquiera ha saboreado las glorias del Olimpo. El segundo, Pablo Iglesias, sí ha alcanzado los arrabales del poder. Rivera se ha ahogado en el mar de sus contradicciones, no hay duda de que su mitología personal tenía los pies de barro y las aletas de cera. El mito de Iglesias cuenta con unas alas más resistentes, pero en este momento de abandonar los sillones del Gobierno no es fácil calibrar si está cayendo en vertical desde el cielo o simplemente está saltando de la barca a tierra. El resultado será el mismo.

Para mí, su acción es la segunda. Se desconocen sus cálculos pero la vende como una apuesta por pisar la tierra de promisión, por volver a empezar. Iglesias, ahora imbuido del mito de Sísifo, quizás acosado por la ceguera que genera el deseo insaciable de poder, dispuesto a un esfuerzo titánico, se condena a empujar cuesta arriba la gran piedra del destino de Unidas Podemos en Madrid que, una vez en la cumbre, la maldición de los dioses la devolverá rodando hacia abajo. Pero él no lo sabe porque la asignatura de Mitología no forma parte del programa curricular de Ciencias Políticas.

El nuevo Pablo Sísifo se muestra convencido de su poder redentor. Como mérito, da por buena la consecución del primer gobierno de coalición de la democracia actual, un triunfo personal, y se engaña a sí mismo proyectando a Yolanda Díaz a futura presidenta de España. Tal que un Moisés reencarnado no entrará en la Tierra Prometida pero entrega las Tablas de la Ley, que él vigilará en la sombra, quizás soñando con ser el futuro primer presidente de la III República. Sin embargo a mí solo me recuerda a aquel Manuel Fraga, incapaz de alcanzar el Gobierno del Estado, que decidió conformarse con el más pequeño de Galicia.

Lo lamentable de la mitología de Iglesias es que otra vez vuelve a levantar estandartes de elemental confrontación electoral ideológica. Se repite. Si en el pasado, condenando el bipartidismo imperfecto al alimón con Albert Ícaro, propició el quiebro de la vida pública, ahora, deslegitimado por su incapacidad para gestionar, pone puentes de plata a un futuro gobierno de extrema derecha efectiva en Madrid. Su mitología revolucionaria era esto, un calco de los clásicos griegos, un desaguisado anacrónico de dioses antiguos, con el agravante de que tanto él como Rivera han frustrado las posibilidades de un nuevo centro y una nueva izquierda, que representaran a su generación y fueran capaces de dirigir el futuro del país armónicamente.

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