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Noventa años después

No alcanzo a saber desde cuándo anida en mí la certeza de sentirme republicano. Probablemente, antes de las lecturas y del estudio, las charlas con mi abuelo tomando el sol en la puerta de su huerta me pusieron en la pista. Él me desveló que vivíamos bajo la bota de una dictadura, que la democracia era el gobierno más justo y me habló de los griegos, de su organización en el siglo VI a.C. De ahí saltó a Roma, al Senado, a su República imperfecta. Se confesó republicano de izquierda y me explicó que la monarquía era un cuento, un truco para establecer privilegios de una clase sobre todas las demás impunemente. Para aquel niño, de nueve o diez años que fui, las enseñanzas del mayor eran como abrir las puertas de un arcano vedado para el resto de las amistades.

Al crecer, un amigo de mi padre, a quien debo el privilegio de haber podido leer infinidad de libros no asequibles a un adolescente en aquella época, me confesó un antifranquismo parecido al de mis mayores, pero él lo contraponía a su fe monárquica. Soñaba con el regreso de los Borbones y, algunos veranos, visitaba a don Juan en Estoril. Entre su alcurnia de abogado viviendo de rentas y el igualitarismo de hortelano de mi abuelo, sin despreciar nada, me fui asentando republicano. En los años de juventud e investigación tropecé con un grupo clandestino de mozos y alguna chica que decían pertenecer a Arde, Acción Republicana Democrática Española. Sus intenciones eran buenas, sus praxis un desastre, pero gracias a ellos descubrí en la clandestinidad a otros partidos de izquierda también republicanos.

Después al espíritu de la República española lo mató el pragmatismo de la transición. Y también el paso dubitativo de Juan Carlos I al no aceptar una dictadura militar el 23-F, a imitación de su abuelo cuando se escondió tras el espadón de Primo de Rivera. Si aquella noche de febrero de 1981 el monarca se hubiera dejado llevar por el miedo, es probable que la III República habría aparecido a la vuelta de la esquina, como le aconteció a Alfonso XIII. Sin embargo, la asonada de Tejero, Armada, Miláns y compañía a la larga consiguió lo que no habían imaginado. Afianzar la monarquía parlamentaria bajo la sombra de un mito, que tardó treinta y nueve años en decepcionar al país.

En una ocasión Juan Carlos me preguntó, con sorna y campechanía, qué más me daba ser republicano o monárquico, porque lo importante era "mantener la buena convivencia". Le respondí que su hijo alcanzaría a ser rey sin ningún esfuerzo y mi hijo nunca podría llegar a ser presidente de la República. Hizo un paréntesis de silencio. Y me dio un afectuoso golpe de puño en el hombro diciendo "es buena la respuesta". A partir de ahí, las veces que coincidimos me saludó preguntando "¿qué tal va la República?". 

No va, le respondía con una sonrisa cordial. No va, ni se le espera en un puñado de años porque hemos llegado a un punto de la historia en el cual la sociedad ha cambiado el pensamiento ideológico de mi abuelo por un plato de lentejas. Por pan político para hoy y hambre de transformación y progreso para mañana. Ni siquiera estamos seguros de la parte buena o mala de la monarquía, ni de la igualdad para los humanos del republicanismo progresista. Yo aún sigo albergando esa vieja ilusión del abuelo José, quien hace noventa años se fue a la plaza del pueblo a festejar con su bandera la llegada de la II República. Pero el miércoles pasado, al escuchar al presidente Pedro Sánchez celebrar este noventa aniversario en la tribuna del Parlamento, lo he contemplado con idéntico silencio pasivo al de millones de españoles despojados de ideología. Mal síntoma.

Noventa años después
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