Opinión

Hundimiento sin violines

El Pontevedra navega hacia el iceberg. Y lo duro no es que sea así por los problemas de un barco que van mucho más allá de su tripulación, sino que nadie haga nada por aparentar que, al menos, parezca posible virar el rumbo
Fekir dribla a Cacharrón para marcar el 1-0 del Linense-Pontevedra C.F. EUROPASUR
photo_camera Fekir dribla a Cacharrón para marcar el 1-0 del Linense-Pontevedra C.F. EUROPASUR

Cuentan que cuando el Titanic chocó contra el iceberg, la orquesta de compuesta por ocho músicos se plantó en la entrada de la zona de primera clase y empezó a interpretar diferentes piezas. La tripulación sabía que el destino final del barco estaba bajo las profundidades y que no había suficientes botes salvavidas para todos los pasajeros. Pero los violinistas decidieron ser profesionales y ejercer su papel hasta el final para ayudar a que el pánico no cundiese, a costa de quedarse con pocas opciones de supervivencia. 

El Pontevedra escogió este verano un motivo marítimo para desarrollar su comunicación corporativa en su primera singladura por la nueva categoría. Y aunque el casco de su barco todavía no se ha destrozado contra un bloque de hielo, con la mitad del recorrido de la carta náutica ya completado, el rumbo apunta claramente hacia el iceberg. Y, a día de hoy, parece difícilmente reconducible.

Es evidente que la tripulación granate tiene carencias para afrontar la travesía. Lo contrario sería una sorpresa. Pero apuntar directamente hacia los marineros cuando toda la estructura del barco roza un amateurismo propio de las embarcaciones de recreo es desviar el tiro.

Porque sí: el PCF tiene un problema de estructura. Quiere empezar la casa por el tejado, pensando que los Charles y los Rufos pueden tapar todos los agujeros de su casco.

Obviamente decirlo desde la comodidad de un teclado es fácil. Lo difícil es ponerle solución. Para eso hacen falta recursos e ideas, sí. Pero también organización y voluntad no por mejorar, sino por entender cómo hacerlo. Algo que no cuesta dinero.

Mientras, todo quedará a expensas de que la tripulación funcione. Y de no hacerlo, como está sucediendo en esta travesía, el hundimiento estará cada vez más cerca.

Al menos, en el Titanic alguien hacía algo para disimularlo. Porque en el Pontevedra, visto lo visto esta semana, no hay ni violines que suenen para desviar la atención y calmar las iras de unos pasajeros que cada vez son más conscientes de las muchas decisiones que se toman tarde, mal y a rastro en este club.

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